VIII. Viajar hacia las cosas

Vista desde la ventanilla de un avión

El soldado moribundo que pasa inadvertido
en una escena de Brueghel.

Hay lugares que existen durante años antes de ser visitados. Primero son un nombre en un libro, un punto del mapa, una fotografía, una obra de arte o una historia escuchada. Más tarde puede aparecer la posibilidad de ponerse físicamente delante. El viaje convierte entonces una imaginación previa en experiencia, aunque aquello que permanece después rara vez coincida exactamente con lo que se esperaba encontrar.

En Uno efe siete algunos destinos proceden de esa voluntad antigua de llegar; otros aparecen sin haber sido buscados. Se puede viajar para ver una obra, seguir a un escritor, alcanzar un lugar conocido desde niño o encontrarse con una persona. También se puede llegar sin saber todavía qué terminará sobreviviendo de todo aquello.

En enero de 2019 estaba a punto de cerrar en Viena una gran exposición dedicada a Pieter Bruegel el Viejo. El último fin de semana ofrecía casi la última posibilidad de verla y el viaje se organizó prácticamente alrededor de ese propósito. La curiosidad había señalado algo que merecía ser visto y el desplazamiento permitió aprovechar aquella última oportunidad.

Toda esa organización desapareció después. No permanecieron el vuelo, el museo, el fin de semana ni la exposición completa. Quedó:

La elección contiene una pequeña paradoja. Se recorren miles de kilómetros para mirar y aquello que sobrevive es precisamente una figura que puede pasar inadvertida. Una exposición entera termina reducida a un detalle secundario dentro de una pintura.

Esa desproporción entre la magnitud de la experiencia y el espacio que recibe después será constante. El poema no conserva los viajes según su duración, dificultad o prestigio cultural. Conserva aquello que consiguió permanecer.

En Londres ocurrió de otra manera. Durante una visita a la National Gallery con su hija apareció una obra de Joseph Wright of Derby que no había sido el motivo del viaje. An Experiment on a Bird in the Air Pump reúne ciencia, espectáculo, miedo y curiosidad alrededor de un experimento iluminado dramáticamente. El poema conserva:

La iluminación del experimento
con un pájaro en una bomba de vacío.

La elección de «iluminación» permite que ciencia y pintura permanezcan dentro de la misma imagen. Hay un aparato y un animal, pero también una forma de construir la luz. La experiencia del museo se contrae hasta un punto donde ya no hace falta decidir a qué territorio pertenece.

Durante aquel mismo viaje estuvo también Stonehenge:

La alineación del solsticio
entre las piedras del crómlech.

El nombre del monumento desaparece. Quedan las piedras y la relación con el movimiento del sol. La reducción es especialmente significativa porque Stonehenge había existido durante muchos años en la imaginación, igual que Auschwitz. Eran dos nombres unidos desde muy temprano a una convicción simple: algún día habría que llegar.

No es necesario inventar una explicación cuyo origen ya no se recuerda. Basta saber que esos lugares estuvieron en la imaginación antes de convertirse en experiencia. Al entrar en el poema desaparecen después la espera, el itinerario, la compañía e incluso, en el caso de Stonehenge, el nombre.

Ahí puede reconocerse una operación fundamental. Uno efe siete no conserva rutas. Conserva residuos. No necesariamente el gran monumento o aquello que ocuparía una página de una guía, sino una luz, una piedra, una hoja de papel, una figura minúscula o una montaña.

La memoria del viajero selecciona de manera distinta a una guía turística.

También se viaja porque una persona está al otro lado. Tegucigalpa pertenece a esa clase de desplazamiento. El destino principal no era un escritor, una pintura o un lugar perseguido durante años, sino Ana, pintora y madre de Frida.

Aquella experiencia queda concentrada en:

La paleta donde se entremezclan
óleo y trementina.

Conocer la procedencia permite comprender por qué esos materiales pudieron adquirir una densidad particular. Pero el poema no cuenta quién sostiene la paleta, dónde está ni qué relación existe entre las personas implicadas. Tegucigalpa y Honduras desaparecen. Permanecen óleo y trementina.

Otros materiales relacionados con Centroamérica aparecen muy lejos de esa imagen, como el hule con el que los mayas fabricaban la pelota para el juego. Lo que la experiencia pudo mantener unido, la estructura lo separa hasta borrar su origen común.

El viaje puede perder incluso la razón que lo produjo.

Polonia ofrece otro recorrido. Durante aproximadamente un mes, uno de los hilos del viaje siguió las huellas de Wisława Szymborska. En Zakopane fue posible dormir incluso en la habitación donde se encontraba cuando recibió la noticia del Premio Nobel. La literatura adquiría así una materialidad extraña: un acontecimiento conocido por millones de lectores había ocurrido en una habitación concreta, con paredes, una cama y una ventana.

Pero Polonia llevaba también hacia Auschwitz y hacia otros lugares que desbordaban cualquier itinerario literario. Entre ellos, los cementerios judíos abandonados:

La vegetación que ocupa todas las tumbas
en el cementerio judío de Katowice.

El abandono no puede entenderse ahí como simple deterioro material. Permanecen las tumbas, pero faltan las comunidades que debían acudir a ellas. La impresión posterior quedó resumida en una frase que no pertenece al poema: nadie pudo llorar a sus muertos y la misma muerte lo hizo.

La diferencia entre ambas formulaciones importa. Uno efe siete no explica el Holocausto ni desarrolla la historia de aquellas comunidades. Deja vegetación sobre tumbas. El testimonio puede aumentar el peso de la imagen, pero no debe sustituirla.

Viajar introduce una dimensión que la información no proporciona de la misma manera. Un lugar puede estudiarse mediante libros, fotografías y documentos. Estar allí añade escala, temperatura, cansancio, distancia, silencio y cuerpo.

Eso no concede necesariamente una comprensión superior. Se puede caminar por Auschwitz sin comprender Auschwitz, recorrer una trinchera sin haber vivido una guerra o dormir en una habitación utilizada por una escritora sin apropiarse de nada suyo. La proximidad física no elimina la distancia histórica.

Modifica la experiencia.

Literatura y desplazamiento vuelven a cruzarse en la Huerta de San Vicente, en una de las visitas literarias compartidas con su amiga Patricia Esteban Erlés:

La cuartilla sobre la mesa
del escritorio de la Huerta de San Vicente.

La casa de Lorca podría haber proporcionado innumerables objetos. El poema escoge una hoja de papel. Desaparecen Granada, la compañía y hasta el nombre del poeta. La literatura termina materializada en aquello que existe antes de la obra: una cuartilla esperando palabras.

En Alcubierre ocurre algo semejante:

El periodista inglés al abrigo
de los proyectiles en la trinchera.

George Orwell había estado allí durante la Guerra Civil y aquella experiencia terminaría formando parte de Homenaje a Cataluña. Décadas después, la lectura conduce en dirección contraria: primero se conoce el libro, después se recorre el lugar y finalmente el territorio regresa a la escritura.

En Orwell, lugar, experiencia, escritura. Después, escritura, lectura, lugar y nueva escritura.

Uno efe siete elimina casi toda esa cadena. Quedan un periodista, los proyectiles y una trinchera.

En Veruela, otra visita termina reducida al alabastro de un ataúd. Los lugares pierden extensión y conservan materia: papel, piedra, vegetación, nieve, luz.

El viaje va hacia lugares. El poema regresa con cosas.

Armenia introduce una variación porque la emoción alcanza directamente la superficie:

La nieve perpetua del Ararat
contemplada con ira desde Armenia.

La visita al memorial del genocidio armenio y la contemplación posterior del Ararat desde Khor Virap forman parte del contexto biográfico de la imagen. La montaña, central en la cultura armenia y situada hoy dentro del territorio de Turquía, puede verse desde Armenia con una proximidad física que convive con una enorme distancia histórica y política.

El poema no desarrolla esa historia. Introduce una palabra: ira.

Basta para que el paisaje deje de ser neutral.

Estos recorridos recuerdan que acercarse físicamente a una cosa no significa alcanzarla por completo. Puede tocarse una tumba y seguir existiendo una distancia histórica imposible de reducir. Puede verse una montaña y sentir precisamente aquello que la separa. Puede caminarse por una trinchera sabiendo que el suelo es el mismo y que la experiencia no lo es.

El cuerpo se acerca. El tiempo permanece.

La estructura somete después todos esos desplazamientos a una concentración severa. Una exposición puede quedar reducida a un soldado; Londres, a una iluminación; Stonehenge, a una alineación; Polonia, a vegetación sobre tumbas; la casa de Lorca, a una cuartilla; Alcubierre, a una trinchera; Armenia, a nieve e ira.

Miles de kilómetros no compran más espacio dentro del poema.

Esa igualdad impide también que el viaje se convierta en una jerarquía poética. El Ararat no recibe más versos que un objeto encontrado cerca de casa. Haber cruzado continentes no garantiza a una imagen mayor derecho a permanecer.

Por eso desplazamiento y arraigo no se contradicen. Un libro escrito desde Morata de Jalón puede contener una enorme cantidad de mundo sin tener que elegir entre pertenecer a un lugar y salir de él. Viajar amplía aquello que después puede ser recordado; no elimina el punto desde el que se recuerda.

Una vez de regreso, además, los lugares dejan de obedecer al mapa. Stonehenge puede separarse completamente de Londres; Katowice puede alejarse de cualquier otra experiencia polaca; Armenia puede quedar junto a una imagen doméstica. La memoria elimina kilómetros y la estructura crea nuevas proximidades.

El poema construye un mapa que no une ciudades. Une cosas.

Y esas cosas no tienen por qué ser las monumentales. Viajar también consiste en esperar, pasar controles, mirar por una ventanilla, encontrar una puerta, dormir en una habitación desconocida o recuperar un equipaje. La experiencia extraordinaria está construida con una gran cantidad de acciones ordinarias.

De ahí que una mirada capaz de atravesar Europa para contemplar a Bruegel termine quedándose con un hombre casi invisible dentro del cuadro, o que la casa de Lorca sobreviva mediante una hoja de papel.

El viaje no engrandece automáticamente aquello que se mira. Mantiene abierta la posibilidad de que importe algo que todavía no sabemos que va a importar.

Miles de cosas vistas durante esos desplazamientos nunca entraron en Uno efe siete. El poema conserva una fracción mínima de aquello que pudo haber sido escrito. Una experiencia compartida puede perder a quien la compartió, una ciudad desaparecer de la imagen que produjo y una estancia de semanas reducirse a una piedra o a una tumba.

Los acompañantes pertenecen a la vida que originó esas imágenes. Los versos pertenecen ya a otra construcción.

Alguien lee un libro, contempla un cuadro, escucha una historia o conserva durante años el nombre de un lugar. Un día viaja. Mira. Regresa. Después pasa el tiempo y, entre miles de cosas posibles, permanecen unas pocas.

El viaje ha terminado. La cosa acaba de empezar.


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