IX. Las cosas que sabemos

El disco diafragma que ocasiona
una contrapresión en el sistema hidráulico.
Una parte del conocimiento que entra en la literatura necesita ser buscada. Otra estaba allí mucho antes de que apareciera el poema. Se ha aprendido durante años hasta incorporarse al vocabulario ordinario de quien escribe y deja de percibirse como información especializada.
La ingeniería pertenece en Uno efe siete a esa segunda clase. Máquinas, materiales, cálculos, bombas, instalaciones y sistemas hidráulicos no llegan como documentación reunida para construir un libro. Formaban ya parte de una manera de pensar y de nombrar.
Ese vocabulario no llega al poema como documentación. Llega como lengua.
«Disco diafragma», «contrapresión» y «sistema hidráulico» conservan su condición técnica. No han sido sustituidos por expresiones más vagas para adquirir apariencia lírica. La operación resulta significativa porque ciertas palabras entran en poesía sin tener que justificar su presencia mientras otras parecen necesitar permiso. Árbol, lluvia, mar o mano resultan familiares. Contrapresión, integral impropia o curvatura espaciotemporal producen de inmediato una sensación diferente.
Uno efe siete se niega a traducirlas.
La razón no consiste en demostrar que cualquier palabra pueda ser poética mediante un desafío. Es más sencilla: esas palabras también pertenecen a la realidad.
El método Euler para la resolución
de ecuaciones diferenciales ordinarias.
El pareado podría encontrarse casi intacto dentro de unos apuntes universitarios. No transforma el método en metáfora ni explica su belleza. La terminología conserva su significado. Lo que ha cambiado es el lugar donde aparece.
A veces la ciencia no necesita ser poetizada. Basta desplazarla.
Esto permite distinguir entre investigar un concepto para incorporarlo a una obra y escribir desde conocimientos adquiridos durante años. Quien ha trabajado con instalaciones no necesita decidir conscientemente que va a introducir ingeniería cada vez que aparece una bomba, un relé o una presión. El vocabulario está disponible.
En ocasiones, además, el lenguaje técnico entra en contacto con una expresión cotidiana:
El coeficiente de seguridad
que le cubre la espalda al ingeniero.
«Coeficiente de seguridad» y «cubrir la espalda» proceden de registros distintos. El primero introduce un margen respecto a aquello que el cálculo considera estrictamente necesario; el segundo devuelve la operación a la persona que finalmente toma una decisión y asume sus consecuencias.
La ingeniería aplicada no permanece siempre en la abstracción. Un cálculo termina convirtiéndose en un material, un diámetro, una presión, una potencia o una solución física que puede funcionar o fallar. El conocimiento obliga entonces a decidir.
Esta relación con el mundo material explica también la presencia de instrumentos que amplían la percepción. Una cámara termográfica puede revelar anomalías térmicas compatibles con una humedad que el ojo todavía no advierte. La tecnología no crea aquello que observa. Modifica las condiciones en las que podemos percibirlo.
Algo semejante ocurre con buena parte de los aparatos científicos: muestran, amplifican, registran, traducen o hacen visible aquello que ya estaba allí.
Pero la ciencia de Uno efe siete no está compuesta únicamente por conocimientos profesionales. También contiene historias humanas asociadas a nombres monumentales:
El establo donde se escondió Planck
huyendo de las tropas alemanas.
Max Planck entra sin la teoría cuántica. Aparece como un hombre que necesita esconderse. El conocimiento asociado a su nombre no lo protege de la historia, del miedo ni de la fragilidad física. El poema conserva aquello que las biografías científicas podrían considerar marginal y devuelve cuerpo al personaje.
Tesla aparece ligado a un barco en miniatura controlado por radio; un relé, a la bobina que se magnetiza cuando se cierra un circuito. Son escalas diferentes de una misma atención. La historia de la invención y el componente cotidiano pueden ocupar el mismo espacio porque la tecnología no se reduce a sus grandes nombres.
También los dispositivos envejecen hasta volverse invisibles. Encendemos una luz, utilizamos un ascensor o ponemos en marcha una máquina sin preguntarnos continuamente qué ocurre dentro. La técnica suele recuperar nuestra atención cuando falla. El poema puede realizar el movimiento contrario: mirar aquello que funciona antes de que se averíe.
La precisión léxica vuelve a unir este territorio con el mundo rural. Tajadera era precisión. También lo son coeficiente de seguridad, cámara termográfica o circuito de maniobra. Tanto quien conoce una acequia como quien trabaja con una instalación necesita distinguir unas cosas de otras.
Ninguna forma de conocimiento posee el monopolio de la exactitud.
Por eso «poeta ingeniero» resulta útil como dato biográfico e insuficiente como explicación. La expresión separa dos identidades que el libro no hace funcionar por turnos: primero el ingeniero aportaría conceptos y después el poeta los transformaría. En Uno efe siete esa secuencia no existe.
Quien conoce el concepto de coeficiente de seguridad es la misma persona capaz de advertir la fuerza expresiva de «cubrir la espalda». Separar ambos movimientos destruiría precisamente aquello que el poema hace posible.
El ingeniero y el poeta miran juntos.
Esto no convierte ingeniería y poesía en actividades equivalentes. Sus objetivos, métodos y criterios son distintos. Significa únicamente que una conciencia no tiene por qué dividirse según las fronteras con las que una universidad organiza sus departamentos. Saber una ecuación no impide contemplar un atardecer. Conocer una bomba no borra una lectura de Szymborska. Saber qué es una tajadera no desaparece al entrar en un museo.
Uno efe siete encuentra una forma donde esos conocimientos pueden coexistir sin convertirse en identidades enfrentadas.
La presencia abundante de términos científicos plantea, sin embargo, un riesgo evidente: la exhibición de erudición. La estructura limita esa posibilidad porque ningún conocimiento puede apropiarse durante demasiado tiempo de la obra. Euler dispone del mismo espacio básico que un recuerdo familiar. Planck debe desaparecer para que llegue otra cosa.
La complejidad conceptual no compra extensión.
El libro puede incluso jugar con la ciencia:
El pie de rey imaginario que mide exacto
en el ecuador el diámetro de la tierra.
Una herramienta destinada a dimensiones relativamente pequeñas adquiere una escala imposible. Conserva su función y pierde sus límites materiales. La desproporción introduce humor y recuerda que el conocimiento técnico no necesita ser reverenciado para participar en un poema.
Otras imágenes llevan hacia comportamientos que contradicen la intuición, como la dualidad de la luz, capaz de exigir simultáneamente los modelos de onda y corpúsculo. Conocer no significa siempre volver más sencilla la realidad. Algunas explicaciones la hacen más extraña.
También aparece el sueño del móvil perpetuo, que en el poema tropieza con el rozamiento. Allí una construcción ideal tropieza con la materia: pérdidas, fricción, temperatura, desgaste. El modelo perfecto encuentra aquello que el mundo real introduce inevitablemente.
La técnica aplicada conoce bien esa resistencia. Diseñar no consiste únicamente en imaginar cómo debería comportarse un sistema, sino en contar con todas las razones por las que nunca se comportará de manera absolutamente ideal.
En ocasiones el conocimiento abandona además cualquier apariencia neutral y toca un territorio próximo:
El estudio geológico convencido
de que la presa está sobre una falla.
La anotación vincula la imagen con Mularroya y con estudios relacionados con una infraestructura cercana a Morata de Jalón. Aquí el saber ya no pertenece únicamente a un manual. Afecta a un paisaje conocido y a decisiones cuyas consecuencias pueden producirse cerca.
El poema no desarrolla una argumentación técnica ni política. Coloca juntas una presa y una falla. La inquietud nace precisamente de esa proximidad.
Resulta llamativa además la palabra «convencido». Un estudio no tiene convicciones psicológicas; contiene datos, hipótesis y conclusiones. El lenguaje le concede una seguridad casi humana y el conocimiento deja de aparecer como información puramente abstracta.
Saber algo puede obligar a posicionarse ante aquello que se sabe.
Este ejemplo impide convertir la presencia de la ciencia en una celebración ingenua. El conocimiento puede explicar un fenómeno, detectar una avería, construir una máquina o descubrir un riesgo. Amplía nuestra capacidad de intervenir y, con ella, nuestra responsabilidad.
No existe, por tanto, una única ciencia dentro de Uno efe siete. Está el vocabulario profesional, la historia humana de un científico, la invención, el componente que funciona silenciosamente, la teoría que contradice la intuición, el humor técnico y el conocimiento aplicado a un territorio.
El libro tampoco intenta enseñar todo eso. No es un manual ni una obra de divulgación. Quien quiera comprender el método de Euler o el funcionamiento de un relé tendrá que acudir a otros lugares. El poema puede conservar incluso su dificultad.
La función literaria no depende de que el lector entienda técnicamente cada referencia.
Lo que sí aparece de forma constante es una disposición hacia el conocimiento. Preguntar qué es, cómo funciona, quién lo hizo o por qué sucede. La formación técnica proporciona algunas respuestas; la experiencia, los libros y el territorio, otras.
Las cosas que sabemos proceden de lugares diferentes.
Y siempre quedan muchas que no sabemos.