XI. Lo que no puede buscarse

El desequilibrio mental
inducido por una falta de serotonina.
Uno efe siete invita con frecuencia a salir del libro. Un nombre propio puede conducir a una biografía; una fórmula, a un manual; un lugar, a un mapa; una referencia literaria, a otro texto. Ludwik Puget, Tolstói en Astápovo, Bartleby o Khor Virap pertenecen a conocimientos que un lector puede no poseer pero que dejan rastros públicos suficientes para ser investigados.
Esa ignorancia tiene remedio.
Existe, sin embargo, otra clase de desconocimiento. No consiste en no haber buscado todavía, sino en que aquello que querríamos conocer nunca perteneció a un archivo, a una enciclopedia ni a una fuente pública. Una conversación familiar, la compañía durante un viaje, la razón por la que una imagen permaneció o el tono con que alguien contó un recuerdo pueden haber existido únicamente entre unas pocas personas.
Ahí la investigación encuentra un límite humano.
La historia de la bisagra lo mostraba con claridad. Podemos estudiar la enseñanza de una época, reconstruir el edificio o conocer las diferencias de oportunidades entre hombres y mujeres. Ningún archivo permite escuchar cómo una madre contó durante años aquella experiencia a su hijo. Para atravesar esa frontera hace falta testimonio.
Al trasluz dispone de esa posibilidad. Puede preguntar al autor de dónde surgió una imagen, quién estaba presente, qué había leído o qué relación mantenía con aquello que escribió. Esa proximidad resulta extraordinariamente fértil y también peligrosa.
Preguntar por cada uno de los quinientos tres versos podría producir otro libro y acabar sustituyendo progresivamente el poema por una explicación de su procedencia.
De ahí un principio que ha guiado estas páginas: conocer de dónde procede un verso no decide aquello que ese verso puede llegar a significar.
El ejemplar anotado resulta especialmente valioso si se utiliza de esa manera. Tolstói puede conducir a Astápovo, Orwell al frente de Aragón, Stonehenge a un lugar visitado y Michael Edwards a una clasificación de fragancias. Son caminos que pueden contrastarse y ampliarse.
Otras notas terminan en una madre, una amistad, una visita o una frase escuchada. Entonces la ruta abandona el conocimiento documental y entra en la memoria.
No se trata de establecer una jerarquía entre ambos. Un dato histórico puede contrastarse; un recuerdo puede escucharse. Pertenecen a clases distintas de conocimiento y exigen maneras distintas de tratarlos.
La vida contiene más información de la que un poema puede conservar. Seleccionar implica borrar. Alguien fundamental puede desaparecer de una imagen mientras un desconocido ocupa dos versos. El poema establece su propia escala.
A veces esa reducción llega a un territorio especialmente delicado:
Leído sin información exterior, puede recibirse como otra formulación de apariencia científica. El testimonio acerca de su procedencia lo vincula, sin embargo, con una experiencia familiar muy cercana relacionada con una depresión grave. El dato modifica inmediatamente la temperatura de las palabras.
Conviene distinguir dos cuestiones. La explicación de la depresión mediante una simple «falta de serotonina» pertenece a un modelo científicamente simplificado. El interés literario del pasaje está en otro lugar: una experiencia emocionalmente muy intensa ha perdido nombres, episodios y narración hasta quedar expresada mediante un lenguaje casi clínico.
La terminología parece enfriar. En realidad puede estar conteniendo.
Saberlo aumenta el peso de la imagen, pero no la resuelve. El testimonio abre una dimensión que antes no estaba disponible sin obligar a convertirla en el único significado.
Conocer más no equivale siempre a explicar mejor.
En otras imágenes sucedería incluso lo contrario. Ya hemos visto la maleta que gira en la cinta de un aeropuerto. Podríamos preguntar qué aeropuerto era, de qué viaje procedía, de quién era o quién esperaba delante. Quizá existan respuestas. Lo importante es decidir si conocerlas mejoraría algo.
Probablemente no.
La falta de esas circunstancias permite que cualquier lector coloque allí otra maleta, otra espera y otro aeropuerto. En ese caso, recuperar la biografía podría cerrar precisamente el espacio que el poema dejó abierto.
Katowice opera de manera distinta. Saber que la vegetación sobre las tumbas procede de una experiencia real durante el viaje por Polonia aumenta su densidad histórica. Lo mismo ocurre con la bisagra cuando conocemos la historia familiar que existe detrás.
No hay, por tanto, una regla según la cual la biografía siempre deba revelarse o siempre deba mantenerse fuera. La pregunta crítica es otra: qué le ocurre al poema cuando sabemos algo más.
La información merece entrar cuando permite comprender un procedimiento, una transformación o una profundidad que de otro modo permanecerían inaccesibles. Conviene detenerla cuando únicamente sustituye la imaginación por una anécdota.
Hay silencios que no son carencias documentales. Son forma.
Uno efe siete está construido mediante muchos de ellos. Desaparecen fechas, itinerarios, acompañantes y explicaciones. La cronología se rompe, las emociones rara vez se desarrollan y el yo retrocede. Aquello que no está escrito participa también en la construcción.
El origen formal del libro había comenzado precisamente así. Retirar «Quisiera ser» significó retirar una explicación. Después siguieron desapareciendo contextos.
La investigación realizada cerca del autor puede recuperar algunos de ellos. Eso no significa que deba devolverlos al poema.
La vida no es una versión extensa de Uno efe siete esperando a ser restaurada. Fue el lugar del que procedieron muchos materiales, pero la escritura los seleccionó, desplazó, transformó y eliminó. Reconstruir todo lo anterior sería confundir génesis y obra.
El ejemplar anotado se parece por ello más a un documento arqueológico que a una traducción. Puede indicar dónde comenzó algo. No determina dónde terminará.
Un verso puede nacer de una novela y afectar después a quien nunca la ha leído. Puede comenzar en Armenia y llegar a un lector que jamás ha salido de su provincia. Puede proceder de una ecuación y convertirse en una imagen para alguien incapaz de resolverla. Puede nacer de una madre y llevar a otra persona hasta la suya.
El autor posee una posición privilegiada respecto al origen. No posee todos los destinos.
Eso no significa que cualquier interpretación sea válida. Las palabras siguen imponiendo límites. Una lectura puede descubrir relaciones no calculadas previamente, pero no puede desentenderse de lo que está escrito. La libertad del lector actúa dentro de una resistencia verbal.
La segunda luna llena
que surge en el mes de tu cumpleaños.
La imagen parece ofrecer una pista biográfica, pero contiene una trampa. Aquello que suele llamarse luna azul es la segunda luna llena que aparece dentro de un mismo mes. El poeta nació en febrero, otsaila, y febrero no puede contener dos lunas llenas: ni siquiera sus veintinueve días en un año bisiesto alcanzan el intervalo de aproximadamente 29,5 días entre dos lunas llenas consecutivas.
El dato no ayuda a identificar el «tú». Hace exactamente lo contrario. Impide que el lector lo convierta de manera automática en una proyección del propio autor. «El mes de tu cumpleaños» no puede ser el mes del suyo.
La biografía, en este caso, no resuelve el verso. Cierra una posibilidad y deja abiertas las demás.
Hay además una pequeña correspondencia interna difícil de ignorar. Unas páginas antes, el poema había obligado al lector a descubrir que otsaila significa febrero. Ahora febrero reaparece sin ser nombrado y sirve precisamente para demostrar aquello que no puede suceder. El conocimiento adquirido durante la lectura vuelve a intervenir en otro lugar del libro.
Saber más no proporciona aquí una identidad. Aumenta la precisión de la incertidumbre.
Existe así un contraste llamativo entre el control de la arquitectura y la incertidumbre de algunos materiales. Podemos contar exactamente los versos, comprobar la condición prima de 503, reconstruir su representación hexadecimal y conocer muchas decisiones del proceso. La memoria no ofrece la misma precisión.
La forma puede contar. La memoria transforma.
Conversaciones, visitas, compañías, razones por las que algo permaneció y miles de imágenes que desaparecieron pertenecen a una parte de la existencia que no deja necesariamente documentos. No son falsas por ello. Simplemente requieren otro grado de cautela.
Ese es también uno de los límites de cualquier voluntad de enumerar el mundo. Quinientos tres versos pueden contener una cantidad extraordinaria de realidad, pero no toda la realidad de aquello que nombran.
Detrás de una cosa puede quedar una historia. Detrás de otra, una persona. Detrás de una formulación científica, una experiencia afectiva. Detrás de alguna imagen, algo que quizá sea mejor no recuperar.
La búsqueda llega hasta un punto. Después queda la huella.
Uno efe siete comienza entonces a parecerse menos a un inventario de conocimientos que a un inventario de supervivencias: las cosas que quedaron.