XII. Conclusiones. Las cosas que enumero

Silla de madera en la sierra de Morata de Jalón

Y la trascendencia tuya
de aparecer
en todas las cosas que enumero.

El análisis realizado permite regresar ahora al poema como conjunto. Para estudiar Uno efe siete ha sido necesario distinguir provisionalmente memoria, territorio, libros, viajes, ciencia y música, así como reconstruir procesos, procedencias y diferentes formas de conocimiento. Esa división pertenece a Al trasluz. El poema terminado no está organizado de ese modo.

No contiene un apartado científico, otro rural y otro autobiográfico. Tampoco reúne los viajes, las canciones o las referencias literarias en zonas propias. Los colores que sirvieron durante la construcción desaparecieron antes de llegar al lector.

Al final quedan las cosas juntas.

Una carretera, una tajadera, un abrazo, un ataúd, una bisagra, una guitarra, Planck, una azada, Bartleby, el Ararat, un cementerio, un rebaño, un elepé, Stonehenge, Tesla, Cortázar, Euler, una presa, un dedal. La enumeración coloca en continuidad materiales que fuera del poema pertenecen a sistemas de clasificación completamente distintos.

Eso no significa que los declare equivalentes. Una madre y una ecuación no poseen la misma naturaleza. Un cementerio judío no tiene la misma significación histórica que un casete y una trinchera no puede igualarse moralmente a un objeto doméstico.

La igualdad es formal, no histórica ni ética.

Durante casi todo el libro las cosas reciben el mismo espacio básico y entran mediante la regularidad gramatical que ya hemos observado. La forma suspende provisionalmente las jerarquías con las que otras clases de discurso distribuirían su extensión.

Una enciclopedia dedicaría más espacio a Einstein que a una herramienta. Una guía turística desarrollaría Stonehenge y quizá no mencionaría una espera en un aeropuerto. Una autobiografía concedería páginas a la madre y podría ignorar por completo el método de Euler.

Uno efe siete impone otra medida.

Dos versos.

La regularidad termina creando una forma peculiar de continuidad. Al principio puede resultar desconcertante pasar de una computadora a una acequia, de una llamada religiosa a una estadística o de un dato científico a una muerte. Poco después dejamos de esperar la transición que explique por qué una cosa conduce a la siguiente.

La ausencia de transición se convierte en transición.

El cambio continuo adquiere regularidad. Lo que mantiene unido el poema no es la semejanza entre sus materiales, sino la constancia con la que acepta su diferencia.

El significado puede aparecer entonces no solo dentro de cada unidad, sino en la proximidad. Una imagen continúa durante unos segundos después del punto y la siguiente llega antes de que la anterior haya desaparecido completamente de la memoria. Durante ese intervalo dos cosas que no tenían relación alguna pueden convivir.

Ese espacio no contiene palabras y, sin embargo, forma parte del poema.

Un objeto tecnológico puede continuar actuando cuando comienza una escena histórica. Una memoria familiar puede seguir presente mientras aparece una formulación matemática. Una montaña puede permanecer en la imaginación cuando ya hemos llegado a una habitación.

La conciencia funciona a menudo de una manera semejante. Un olor devuelve una persona, una canción un viaje, una palabra la infancia y una noticia un libro leído décadas antes. Esas asociaciones no respetan necesariamente categorías ni cronologías.

Uno efe siete no reproduce un flujo espontáneo de conciencia. Su orden fue construido con enorme cuidado. Precisamente por eso resulta significativo que el efecto final pueda aproximarse al funcionamiento de una mente que tampoco conserva sus materiales en compartimentos estancos.

La clasificación pertenecía al taller.

En el poema las categorías han dejado de verse.

Esto obliga incluso a desconfiar de las etiquetas utilizadas durante este ensayo. Una tajadera puede pertenecer al mundo rural, pero también a la hidráulica, al lenguaje y a la memoria. El Ararat reúne geografía, historia, viaje y emoción. Un casete pertenece a la tecnología, la música y la biografía. La bisagra es pieza mecánica, objeto imaginado y memoria familiar.

Las categorías ayudan a analizar porque separan. La experiencia no siempre está separada.

De ahí que la enumeración termine pareciéndose menos a un inventario que a una conciencia. Un inventario clasifica para localizar. Uno efe siete aproxima para relacionar.

Ricardo Díez Pellejero, poeta, ingeniero y crítico literario, recurrió en una de las primeras reseñas del libro a dos imágenes especialmente próximas a su funcionamiento: un «gabinete de maravillas» y un «mosaico» construido mediante teselas encontradas en el camino. La comparación resulta particularmente sugerente en una lectura que combina sensibilidad literaria y formación técnica: cada pieza conserva su singularidad y, al mismo tiempo, participa de una construcción que solo aparece cuando se contempla el conjunto.

Así puede responderse a la pregunta que acompañaba el ensayo desde el comienzo: por qué cientos de cosas no terminan formando simplemente una lista. Una lista requiere inclusión; este poema exige además una forma constante de atención. Todo aquello que entra ha pasado por una disposición semejante hacia el mundo: mirar, preguntar, nombrar con precisión, recordar o querer saber.

El exergo de Dawkins adquiere entonces un sentido más amplio. Después de quinientos tres versos, quizá la palabra decisiva en «La ciencia es la poesía de la realidad» no sea únicamente ciencia ni poesía.

Es realidad.

La realidad contiene al mismo tiempo un coeficiente de seguridad y una madre, una señal electromagnética y un atardecer, una guerra y un bolígrafo que hace girar una cinta. No hace falta afirmar que esas cosas poseen la misma importancia. Basta reconocer que existen simultáneamente.

La unidad del poema no reside solo en la cifra que las contiene. Está también en la mirada que decidió prestarles atención.

Esa operación puede entenderse incluso como una ética mínima de la atención. Mirar algo significa concederle durante unos segundos la posibilidad de no permanecer invisible. No hace falta demostrar que posee una importancia secreta, elevarlo a símbolo o salvarlo de nada.

Basta mirarlo.

El mundo rural se beneficia de esa igualdad porque una palabra como paridera no necesita convertirse en representación de una civilización perdida para estar junto a un matemático. La técnica tampoco aparece condenada de antemano a simbolizar una modernidad deshumanizada. Un relé puede limitarse a funcionar y un dispositivo electrónico afinar una guitarra.

Las cosas pueden entrar primero por aquello que son y hacen.

Ese principio explica también la contención emocional del libro. Incluso cuando se aproxima a acontecimientos dolorosos, rara vez levanta la voz. La vegetación ocupa tumbas, un científico busca refugio, una montaña es contemplada con ira. La emoción permanece adherida a las cosas en lugar de convertirse continuamente en declaración.

Lo que inicialmente podría parecer frialdad revela, visto desde el conjunto, una confianza en el peso de la imagen.

Algo semejante ocurre con la autobiografía. Después de reconstruir viajes, recuerdos y lecturas podría parecer que detrás de Uno efe siete existe una vida oculta que el crítico debe volver a montar. Pero no hay una autobiografía secreta esperando ser ordenada.

El poema hizo precisamente lo contrario. Desmontó la cronología.

Lo que permanece es una silueta biográfica dispersa: una madre, una hija, amistades, una profesión, libros, lugares y fragmentos de experiencia. El yo que en Quisiera aparecía continuamente mediante «Quisiera ser» retrocedió hasta quedar inscrito sobre todo en la selección.

La autobiografía está menos en aquello que el poema cuenta directamente de una persona que en las cosas que una conciencia determinada decidió conservar.

Otro escritor habría elegido otras quinientas tres.

Incluso reproduciendo el número primo, el sistema de pareados, la distribución provisional y la revisión sonora, el resultado sería radicalmente distinto. La arquitectura puede explicarse y repetirse. Aquello que llegó hasta ella, no.

Pero tampoco basta una biografía para producir unidad. Que todos los materiales hayan atravesado la misma vida no convierte automáticamente su acumulación en poema. Era necesaria una relación constante con aquello que se miraba.

La cifra une desde fuera. La mirada une desde dentro.

David Mayor, poeta y filósofo, ha formulado esa unidad desde otro territorio al señalar que en Uno efe siete «la totalidad de lo diferente pertenece, en la mejor tradición espinosiana, a una misma sustancia que nos constituye». La referencia a Spinoza resulta sugerente si se mantiene como parentesco interpretativo y no como clave doctrinal del poema: las cosas no pierden su diferencia al entrar en una misma realidad, pero dejan de aparecer como compartimentos absolutamente separados.

En el final aparece todavía una última posibilidad:

Después de doscientos cincuenta pareados gobernados por el artículo determinado, el «Y» modifica de pronto la respiración. No presenta una cosa más del mismo modo que las anteriores. Añade una relación que las atraviesa.

El terceto no afirma que todo signifique lo mismo ni convierte las doscientas cincuenta unidades anteriores en símbolos intercambiables. Dice que una presencia puede aparecer en realidades que continúan siendo diferentes.

Conviene no apresurarse a darle un nombre definitivo a ese «tú». El poema conserva abierto su alcance. La lectura amorosa es posible, pero no autoriza a adjudicar el pronombre a una persona concreta ni a reconstruir retrospectivamente toda la enumeración como un catálogo privado de asociaciones. Hacerlo disminuiría la autonomía que las cosas han adquirido.

La gramática permite afirmar algo más preciso. La trascendencia no está junto a ellas ni después de ellas.

Está «en» las cosas.

La preposición impide que el tú se convierta simplemente en una cosa más de la enumeración. No ocupa otra casilla. Atraviesa las anteriores.

La trascendencia no necesita abandonar la materia.

Una herramienta continúa siendo herramienta, una teoría conserva su significado, una madre permanece ligada a su historia y una tumba no deja de ser una tumba. Nada tiene que perder su identidad para participar de una relación mayor.

Aquí se completa también el desplazamiento iniciado en Quisiera. Allí el yo deseaba convertirse en las cosas. Al desaparecer aquella fórmula, las cosas pudieron avanzar hasta el primer plano. En el final, el yo solo permanece implícito en la acción de enumerar y es el tú quien adquiere la trascendencia.

El yo enumera. El tú aparece. Entre ambos permanece el mundo.

La emoción no sustituye las cosas. Necesita que existan.

Por eso el último movimiento no destruye la horizontalidad del poema, sino que la lleva hasta su consecuencia final. Si una misma presencia puede aparecer en una pieza mecánica, una fórmula, una madre, una canción, una tumba o un atardecer, ninguna familia posee por sí sola el privilegio de contenerla.

Los colores del taller ya han desaparecido. La clasificación ya no importa.

Quedan las cosas y la relación que la lectura sea capaz de establecer entre ellas.


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