VI. Las palabras de la tierra

Paridera tradicional de piedra

La tajadera de la acequia que al abrirse
inunda el campo de manzanos.

Un territorio no se conserva únicamente en el paisaje. También permanece en las palabras con las que una comunidad ha aprendido a distinguir sus herramientas, sus animales, sus cultivos, sus construcciones y sus maneras de conducir el agua o trabajar la tierra. Cuando desaparece una de esas palabras no se pierde solo un término del diccionario. Puede desaparecer también una forma concreta de conocimiento.

Uno efe siete incorpora ese vocabulario con la misma naturalidad con la que incorpora una formulación matemática o el nombre de un escritor. Para quien ha vivido cerca de una acequia, tajadera puede no necesitar explicación alguna. Para otro lector será una palabra desconocida y producirá la misma detención que un concepto científico o una referencia literaria.

La diferencia está en el prestigio que solemos conceder a nuestras ignorancias. Quien no reconoce a un escritor puede pensar que le falta formación literaria y quien desconoce un matemático atribuirlo a una carencia científica. Ignorar qué es una tajadera rara vez se interpreta como falta de cultura. Y, sin embargo, falta un conocimiento.

El mundo rural de Uno efe siete no aparece por ello únicamente como paisaje, recuerdo o procedencia geográfica. También es un sistema de saber. Una tajadera abre, cierra y regula el paso del agua. Su nombre contiene una función, una técnica, una acequia, un desnivel, una parcela y la experiencia acumulada de quienes aprendieron a distribuir el agua mucho antes de expresar su comportamiento mediante ecuaciones.

La experiencia produjo técnicas y las técnicas produjeron palabras.

Nombrar con precisión significa haber aprendido a distinguir. Esa precisión reaparece en otros materiales del territorio:

El mango de la azada
tallado en madera de avellano.

No basta con identificar la herramienta. Importa de qué está hecho aquello que permite manejarla. El conocimiento necesario para escoger una madera, trabajarla y saber si servirá no tiene por qué proceder de una universidad. Puede transmitirse observando, trabajando, preguntando o viendo durante años cómo otros resuelven una tarea.

Hay conocimientos que llegan mediante libros y otros mediante demostraciones. Alguien hace, otro mira y después sabe.

Algo semejante sucede con:

El adobe firme
que no se mueve de la paridera.

De nuevo aparece una palabra que divide a los lectores. Para unos, paridera nombra inmediatamente un tipo de construcción; para otros puede resultar casi extranjera. Y la mirada vuelve a descender desde el edificio completo hacia uno de los elementos que lo constituyen. Tierra transformada en material constructivo, recursos disponibles en el entorno y un saber práctico acerca de aquello que resiste y aquello que acaba cayendo.

La formación técnica y el conocimiento tradicional pueden utilizar métodos y lenguajes distintos, pero a veces parten de preguntas sorprendentemente próximas: de qué está hecho, cómo funciona, qué sostiene, qué sucederá si falla.

Esto permite entender de otra manera la presencia de la ciencia en el libro. La ciencia no necesita llegar al campo para introducir allí sus fenómenos. Ya estaban ocurriendo. El agua obedecía a la gravedad antes de que se escribieran modelos hidráulicos, las semillas germinaban antes de la botánica moderna, los materiales resistían cargas antes del cálculo estructural y la luz se dispersaba en la atmósfera antes de recibir una formulación física.

El conocimiento científico no crea esos fenómenos. Aprende a describirlos.

Uno de los encuentros más claros entre ambas maneras de mirar aparece en:

La dispersión de Rayleigh
que hace los atardeceres anaranjados.

Los dos versos contienen dos registros sin necesidad de enfrentarlos. El primero proporciona el nombre de un fenómeno físico; el segundo devuelve ese conocimiento a una experiencia que millones de personas han tenido sin conocer la expresión que la explica. Alguien puede contemplar durante décadas un cielo naranja sin haber oído nunca hablar de Rayleigh. No le faltaba el atardecer. Le faltaba un nombre para una parte de aquello que estaba sucediendo.

También puede ocurrir el movimiento contrario. Quien conoce el fenómeno puede haber convertido su explicación en rutina y dejar de mirar aquello que explica. El poema permite entonces regresar desde el nombre hasta la experiencia.

Conocer no cancela el asombro. A veces lo devuelve.

El mundo rural contiene además formas de conocimiento que dependen directamente de la observación:

La huella de un corzo
en el huerto recién regado.

El animal ha desaparecido, pero queda una marca. Reconocerla exige distinguir forma, tamaño y manera de pisar. La tierra húmeda se convierte durante un instante en una superficie de inscripción. Algo ocurrió porque dejó una señal y alguien ha aprendido a leerla.

El tiempo puede leerse de una manera semejante. Septiembre aparece en las ramas de un granado y marzo en el agua que un barranco devuelve al río. El calendario deja de ser la única forma de reconocer una estación. Floraciones, frutos, caudales, colores, temperaturas y tareas permiten saber en qué momento del ciclo estamos sin consultar una fecha.

El territorio se convierte así en texto.

Pero Uno efe siete no idealiza ese conocimiento ni convierte el campo en refugio sentimental frente a la modernidad. Junto a ciclos que regresan aparecen huesos en un muladar, construcciones que pierden su función y una huerta donde el matorral comienza a ocupar el lugar del cultivo. La tierra conserva continuidad y desaparición al mismo tiempo.

Ahí las palabras adquieren una importancia particular. Si una forma de ganadería deja de existir, paridera puede sobrevivir durante un tiempo designando una construcción cuyo uso ya no todos conocen. Si cambian los sistemas de riego, tajadera puede empezar a resultar extraña. Una huerta abandonada conserva en su nombre una función humana que ya no se ejerce.

Los territorios acumulan palabras de actividades que pueden haber desaparecido.

Uno efe siete no las exhibe como piezas de museo. No las presenta diciendo que sean antiguas, valiosas o dignas de conservación. Las utiliza. La tajadera continúa abriendo, la azada conserva su mango, la paridera mantiene el adobe y el barranco devuelve agua.

No están en una vitrina. Trabajan.

Esa utilización resulta quizá más eficaz que cualquier voluntad explícita de patrimonialización. Una palabra permanece verdaderamente viva mientras todavía puede nombrar algo. Cuando solo necesita una nota que explique qué significaba, ha comenzado a cambiar su relación con el mundo.

Hay además una diferencia importante entre estos términos y muchas referencias culturales presentes en el libro. Para reconocer a Melville hay que haber llegado de algún modo hasta sus textos. Una palabra rural puede aprenderse sin verla escrita nunca. Llega por la voz antes que por la página: abre, trae, sube, cierra. El término queda unido a una acción y a una cosa.

Esta transmisión oral y práctica constituye una forma de cultura tan real como la biblioteca, aunque no siempre haya recibido el mismo prestigio. Uno efe siete coloca ambas dentro del mismo espacio. La formación universitaria, las lecturas y los viajes conviven con palabras aprendidas en un territorio y con conocimientos que pudieron llegar mediante una conversación o mirando trabajar a alguien.

Quizá por eso uno de los contrastes más fértiles del libro no sea ciencia frente a poesía, sino las distintas maneras de saber. Saber por estudio, por experiencia, por memoria, por observación, por haber escuchado una palabra desde niño o por simple curiosidad. Y también no saber.

Alguien puede resolver una ecuación diferencial y desconocer una tajadera. Otra persona puede distribuir perfectamente el agua de una acequia y no haber oído nunca hablar de Euler. La comparación no sirve para decidir quién posee más cultura. Sirve para recordar lo limitada que resulta cualquier definición de cultura basada en una sola clase de conocimiento.

En Uno efe siete, la física puede terminar devolviéndonos a un atardecer y una palabra de la tierra contener una pequeña lección de hidráulica sin pretender serlo. El poema no establece entre esos saberes una jerarquía previa: los presenta como maneras diferentes de aproximarse a lo real.

Antes de que existiera una biblioteca ya había maneras de leer el mundo.

La tierra también tenía sus textos.


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