V. La bisagra

Bisagra metálica antigua

La bisagra del pupitre
donde estudió mi madre.

La memoria familiar contiene lugares en los que nunca estuvimos, personas a las que solo conocimos ancianas cuando alguien nos habla de su infancia, casas desaparecidas, oficios, viajes y acontecimientos que terminan adquiriendo una consistencia casi visual después de haber sido contados muchas veces. Con los años incorporamos esas escenas hasta el punto de no distinguir siempre qué vimos y qué nos fue transmitido. Recordamos también aquello que no vivimos.

La madre del poeta nació en Morata de Jalón. Era hija del panadero y estudió en una de las dependencias del Palacio de los Condes de Argillo, donde recibió la enseñanza que entonces podía cursarse en el pueblo y estudió también piano. Después apareció una diferencia que permanecería durante años en el relato familiar. Su hermano Manuel pudo marcharse a Zaragoza para continuar estudiando. Ella no.

Vista desde el presente, la desigualdad resulta evidente. Las posibilidades de prolongar una formación no estaban distribuidas de la misma manera entre un hijo y una hija. Pero conviene no corregir retrospectivamente aquella experiencia hasta hacerla hablar con palabras que nunca utilizó. La historia no llegó como una rebelión formulada décadas después contra el mundo en que había ocurrido. En el recuerdo familiar aparece sobre todo la resignación. Había cosas que podían doler y aceptarse al mismo tiempo porque parecían formar parte del orden normal de la vida. Él pudo continuar. Ella se quedó.

Uno efe siete conserva de aquella historia algo extraordinariamente pequeño: una pieza del pupitre.

La elección podría haberse detenido en el propio mueble. Un pupitre habría bastado para convocar una escuela, una niña, la infancia de una madre y el paso del tiempo. El poema estrecha todavía más la mirada y escoge uno de sus componentes, algo metálico, funcional y casi invisible mientras cumple correctamente su tarea.

Esta reducción forma parte de un procedimiento frecuente en el libro. Una realidad extensa queda concentrada en una parte. La emoción no se declara, sino que encuentra una cosa capaz de soportarla. No aparecen la tristeza por los estudios que no pudieron continuar ni la injusticia de unas oportunidades distintas. Tampoco se desarrolla un retrato de aquella niña. Todo queda suspendido de un objeto mínimo.

El procedimiento contiene el sentimentalismo sin eliminar el sentimiento. Cuando un texto declara dolor, nostalgia, injusticia o ternura, orienta de antemano nuestra respuesta. Aquí ninguna de esas palabras aparece. Un lector que desconozca la historia familiar puede pasar por el pareado sin concederle una importancia especial. El poema acepta esa posibilidad. La intimidad no recibe más espacio por ser íntima. Dispone de los mismos dos versos que una ecuación, una herramienta o una referencia literaria.

Después de conocer la historia resulta difícil, sin embargo, regresar por completo a la primera lectura. La información biográfica no entrega un significado definitivo, pero modifica la atención. El objeto pesa de otra manera.

Dos versos pueden cargar décadas.

Existe además una circunstancia decisiva: el poeta nunca vio aquella bisagra. No estuvo en el aula cuando su madre estudiaba ni conoció aquel pupitre tal como ella pudo conocerlo. Ni siquiera conserva la imagen de una pieza real que después reprodujera mediante palabras.

Estamos, por tanto, ante algo más complejo que la reproducción de un recuerdo. La escena procede de una memoria heredada y la pieza que la concentra pertenece a la imaginación. El poema crea una presencia material alrededor de una experiencia que quien escribe no vivió directamente: la memoria proporciona la habitación; la poesía fabrica el objeto.

Esta operación no resulta excepcional en la transmisión entre generaciones. Podemos imaginar la juventud de nuestros padres, una casa en la que nunca entramos o el aspecto de un abuelo muchos años antes de conocerlo. Los relatos familiares producen escenarios cada vez más sólidos y, con el tiempo, pueden incorporar detalles cuyo origen resulta difícil determinar. La literatura dispone después de todo ese material y puede fijarse precisamente en una de sus partes.

En este caso, la función material de la pieza elegida introduce inevitablemente una resonancia. Una bisagra abre y cierra. Resultaría tentador convertir de inmediato esa propiedad en alegoría: una posibilidad educativa se abrió para el hermano y se cerró para la hermana.

La lectura es posible. Lo que no podemos hacer es convertirla en una intención demostrada.

No sabemos que el objeto fuese elegido conscientemente para representar aquella diferencia. Afirmarlo sustituiría una interpretación legítima por una falsa certeza sobre la génesis. El lector puede relacionar la función de la bisagra con la historia que ahora conoce, pero el hecho de que esa relación resulte fértil no significa que hubiera sido calculada previamente.

La poesía puede producir sentidos que su autor no diseñó.

El origen pertenece a la historia del verso. Sus relaciones posteriores pertenecen también a quienes lo leen.

La elección de una pieza tan pequeña resulta además coherente con una inclinación general de Uno efe siete. La mirada desciende con frecuencia desde la cosa completa hacia aquello que permite que funcione: un componente, un material, una articulación, una señal, una unión. Un mecanismo puede depender de algo casi invisible y una construcción sostenerse mediante elementos que rara vez reciben atención mientras cumplen su cometido.

La formación técnica puede favorecer esa manera de observar sin explicarla por completo. Un ingeniero aprende a mirar piezas, esfuerzos, articulaciones y funciones. La poesía puede fijarse en la misma pieza y descubrir que es capaz de soportar algo para lo que ningún cálculo fue concebido.

En este caso, una memoria.

La desproporción entre el tamaño del objeto y aquello que queda detrás es enorme. Unos centímetros de metal pueden contener una niña, la hija del panadero, una escuela de Morata, unas clases de piano, un hermano que pudo continuar sus estudios, una oportunidad diferente, la resignación con que la historia fue recordada y muchos años de transmisión familiar antes de llegar al poema.

La enumeración no necesita respetar la escala de aquello que contiene.

La brevedad no indica pequeñez. Indica concentración.

Por eso quizá resulte más preciso considerar la bisagra, y no la madre, como el verdadero centro material del pareado. Uno efe siete no construye un retrato biográfico ni desarrolla un discurso sobre la maternidad. Escoge el lugar mínimo donde una historia puede quedar suspendida. La madre permanece en gran medida fuera del poema. Entra una pieza asociada a su infancia.

Esa limitación introduce también una distancia necesaria. Quien escucha durante años una historia familiar puede conocer sus hechos, sus palabras repetidas y el tono con que fue transmitida. No puede ocupar la conciencia de la niña que la vivió. La memoria de una generación no se convierte en la memoria de la anterior.

La poesía tampoco elimina esa separación.

Construye algo entre ambas.

Décadas después, el regreso a Morata añade otra dimensión. El pueblo al que vuelve el hijo no es exactamente aquel en el que estudió la madre. Algunos edificios permanecen, ciertos nombres sobreviven y los espacios pueden recorrerse, pero regresar a un lugar no permite regresar al tiempo que lo habitó. Es posible acercarse físicamente al escenario. No entrar en aquella infancia.

Los objetos parecen prometer a veces una continuidad que las personas no poseen. Un edificio puede sobrevivir a quienes lo utilizaron; también una mesa, una herramienta o una pieza metálica. Su permanencia parece establecer un puente con aquello que ha desaparecido, aunque nunca consiga suprimir por completo la distancia.

Por eso la función de la bisagra continúa resultando sugerente sin necesidad de convertirla en símbolo cerrado. Une dos partes sin confundirlas. Las mantiene relacionadas y permite al mismo tiempo que se muevan una respecto a la otra.

Algo semejante sucede con la memoria entre generaciones. El presente no se transforma en pasado y el hijo no puede convertirse en la madre, pero una historia los articula. Esa historia también cambia con quien la recibe. Un episodio escuchado durante la infancia puede adquirir décadas después otra dimensión porque ha cambiado la mirada desde la que se recuerda. Lo que primero fue simplemente algo ocurrido a la madre puede empezar a mostrar relaciones con el género, la educación, las oportunidades y el territorio.

Morata interviene aquí sin necesidad de convertirse en escenario sentimental. Las posibilidades de estudiar, trabajar o marcharse estaban condicionadas por una época y por un lugar concreto. El territorio no es únicamente paisaje. También participa en aquello que una vida puede o no puede hacer.

Y puede viajar. Mucho antes de regresar físicamente al pueblo, Morata había llegado a Cataluña mediante relatos, nombres, costumbres, palabras y relaciones familiares. Un lugar puede abandonar su geografía de esa manera y permanecer durante décadas en quienes viven lejos de él.

La bisagra pertenece a esa transmisión. Antes del poema hubo una experiencia. Después, una historia contada. Más tarde, una escena imaginada y un objeto que nunca había sido visto. Finalmente llegaron las palabras y, con ellas, las imágenes que otros lectores construirían.

Ninguna etapa conserva completamente la anterior.

Algo, sin embargo, consigue atravesarlas.

Quizá ahí se encuentre la precisión más profunda de esta pequeña pieza: algo mínimo articula realidades mucho mayores. Un objeto articula un pupitre. Una historia articula generaciones. Dos versos articulan memoria e imaginación.

No sabemos cómo era aquella bisagra.

Y no hace falta saberlo.


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