Introducción
Uno efe siete apareció en 2024 publicado por Pre-Textos después de obtener el IV Premio de Poesía Antonio Ródenas García-Nieto. El jurado estaba integrado por Mariano Peyrou, Ángela Segovia, Juan Marqués, Manuel Borrás y Alvar Haro. En la cubierta figuraba el nombre de Juanjo de Tierra y un título que, para la inmensa mayoría de los lectores, no proporcionaba ninguna pista acerca de aquello que iban a encontrar en el interior.
Uno efe siete.
Tres elementos: un número escrito con letras, una consonante y otro número. Podía parecer una matrícula, una contraseña, una nomenclatura técnica, una coordenada o simplemente un título deliberadamente opaco. También el color llamaba la atención: un verde intenso sobre la sobriedad característica de las cubiertas de Pre-Textos. Nada obligaba todavía a relacionar ambas cosas.
La explicación del título existía, pero el libro no la entregaba. 503, el número de versos que forman el poema, expresado en numeración hexadecimal es 1F7. Uno efe siete. La pequeña operación contiene ya uno de los mecanismos que después se repetirá en la lectura. Algo aparece delante de nosotros. Podemos comprenderlo o no, continuar o detenernos, aceptar lo que vemos o buscar qué hay detrás. Cuando encontramos una explicación, la información no sustituye la primera imagen. Añade una capa.
El poema está formado durante sus primeros quinientos versos por doscientas cincuenta unidades de dos líneas y concluye con un terceto. No existen títulos, apartados ni indicaciones que separen los materiales. Aparecen conocimientos científicos, referencias literarias, recuerdos familiares, objetos domésticos, herramientas, animales, pinturas, viajes, elementos del mundo rural, tecnologías, acontecimientos históricos, palabras técnicas, canciones y escenas aparentemente insignificantes. Una baldosa puede encontrarse cerca de una carretera, una tajadera junto a un procesador, una madre junto a una formulación matemática, un casete junto a una tumba.
El poema tampoco proporciona ninguna señal que indique cuáles de esas cosas deben considerarse más importantes. Durante casi toda la obra reciben la misma extensión elemental: dos versos. Esta igualdad formal constituye una de sus decisiones esenciales. La literatura no ocupa una posición superior a la ingeniería, la ciencia no desplaza a la memoria y una experiencia personal no reclama más espacio por el hecho de pertenecer a una vida. Las cosas llegan una detrás de otra y es el lector quien debe relacionarse con ellas.
Esta característica dificulta cualquier intento de describir Uno efe siete mediante una única etiqueta. Puede hablarse de poesía científica, porque ciertamente existe ciencia; de enumeración, porque el poema consiste en una larguísima sucesión de elementos; de intertextualidad, porque escritores, libros, pinturas y canciones permanecen visibles u ocultos en muchos de sus versos; o de autobiografía, porque una parte considerable de las imágenes procede de experiencias concretas. También pueden señalarse el mundo rural, la ingeniería, los viajes, la música, la memoria o el amor. Todas esas definiciones contienen algo verdadero. Ninguna contiene el libro.
Su dificultad para ser clasificado no lo sitúa, sin embargo, fuera de la poesía española contemporánea. Vicente Luis Mora incluyó expresamente Uno efe siete en su estudio Poéticas híbridas y expandidas en la poesía española del siglo XXI, publicado en 2026 en Bulletin of Contemporary Hispanic Studies, dentro de un recorrido por obras que permiten la entrada en el poema de discursos y materiales procedentes de territorios tradicionalmente considerados ajenos a lo lírico. La mención es breve y no constituye un estudio específico del libro, pero permite situarlo dentro de un desplazamiento más amplio de las fronteras poéticas. La ciencia es una de esas materias. En Uno efe siete está lejos de ser la única.
Su singularidad comienza ahí. El procedimiento no consiste en introducir física, matemáticas o ingeniería dentro de un poema, sino en construir una forma capaz de hacer convivir esos lenguajes con un recuerdo familiar, una herramienta, una canción o una escena insignificante sin justificar continuamente su proximidad. La pregunta deja entonces de ser por qué aparece ciencia en un poema: pasa a ser qué permite que realidades tan diferentes permanezcan juntas sin convertir la obra en un inventario.
De esa pregunta nace Al trasluz.
El objetivo principal de este estudio es analizar los procedimientos mediante los cuales Uno efe siete construye una unidad formal a partir de materiales extremadamente heterogéneos. Para ello se atenderá a su arquitectura numérica y sintáctica, al proceso de selección y ordenación de las imágenes, a la convivencia de distintos lenguajes y formas de conocimiento y a la participación del lector en la producción de sentido. El análisis parte siempre del texto publicado por Pre-Textos y utiliza como fuentes complementarias materiales relacionados con el proceso de escritura, el ejemplar anotado por el autor, su testimonio directo y la bibliografía crítica necesaria para situar determinados procedimientos y referencias. Se distinguirán en todo momento tres planos: aquello que puede comprobarse en el poema, la información relativa a su génesis y las interpretaciones que el texto permite.
Este libro no pretende explicar uno por uno los quinientos tres versos de Uno efe siete. Hacerlo sería posible en un sentido elemental. Podrían identificarse muchas referencias, localizar lugares, reconstruir libros, explicar fórmulas, buscar acontecimientos históricos o averiguar de dónde proceden determinadas imágenes. El propio De Tierra conserva un ejemplar anotado en el que aparecen nombres, fechas, conceptos, recuerdos y circunstancias relacionados con numerosos fragmentos. Una investigación exhaustiva podría llegar muy lejos.
También podría acabar destruyendo aquello que intenta comprender.
Una referencia descubierta aclara, en primer lugar, la procedencia de un verso; no agota aquello que el verso puede significar. Saber que determinada imagen nació durante un viaje no obliga al lector a reconstruir aquel viaje; descubrir qué novela existe detrás de un objeto no impide leer primero el objeto; conocer quién acompañaba a quien escribió cuando contempló un lugar puede iluminar la génesis sin convertir a esa persona en el sentido secreto de las palabras.
Las anotaciones del autor se utilizarán, por tanto, como una arqueología del poema. Permiten excavar. No proporcionan un código.
Al trasluz cuenta además con una circunstancia poco habitual: la posibilidad de preguntar a Juanjo de Tierra por el proceso de escritura. También esa proximidad necesita un límite. La intención forma parte de la historia de una obra, pero no agota sus posibilidades. Quien escribió un verso puede conocer con gran precisión de dónde procede y qué decisiones condujeron hasta él. No puede determinar todas las imágenes que producirá después en otras personas. Su testimonio puede iluminar con una precisión excepcional la génesis del verso; aquello que suceda después entre esas palabras y sus lectores ya no le pertenece por completo.
Esta distancia entre génesis y lectura resulta especialmente importante porque buena parte de Uno efe siete fue construida mediante eliminación. Antes existió un poema titulado Quisiera. Algunas de las imágenes que después entrarían en el libro aparecían allí precedidas por una fórmula reiterada: «Quisiera ser». En algún momento De Tierra retiró esas palabras. El yo retrocedió y quedaron las cosas.
La modificación parece mínima hasta que se observan sus consecuencias. Desaparecía la necesidad de explicar continuamente qué deseaba hacer quien escribía con cada objeto. Una herramienta podía permanecer como herramienta; una pieza mecánica, como pieza mecánica; un recuerdo, como recuerdo. La imagen dejaba de estar subordinada a una declaración previa del yo y adquiría mayor autonomía.
Ese movimiento de retirada continuó durante la construcción del libro. Desaparecieron narraciones, circunstancias, fechas, acompañantes, nombres y causas. Una experiencia podía perder casi toda la historia que la había producido y sobrevivir únicamente en un objeto. Un viaje podía quedar reducido a una piedra. Una lectura, a un sillón. Una memoria familiar, a una pequeña pieza metálica. El poema no reconstruye aquello que hubo antes. Conserva una parte.
Uno efe siete no exige un lector capaz de reconocerlo todo. La diversidad de sus materiales hace inevitable que cada lectura encuentre zonas distintas de familiaridad y desconocimiento. Quien conoce física puede ignorar una palabra agrícola; quien reconoce a un escritor puede detenerse ante una formulación matemática. Esa desigualdad de saberes no constituye una dificultad accidental del libro: forma parte de su funcionamiento y modifica el lugar donde cada lector se detiene.
Para comprender esa paradoja será necesario observar primero cómo se construyó una obra capaz de contener materiales tan diferentes sin perder su unidad. La elección de 503 como límite, su condición de número primo, la conversión hexadecimal que da lugar al título, la clasificación provisional de los materiales mediante colores, la revisión en voz alta, los desplazamientos y las eliminaciones muestran una construcción mucho menos espontánea de lo que su lectura inicial podría sugerir. Cuando la cifra quedó fijada, la entrada de una nueva imagen exigía además que otra desapareciera. La abundancia terminó necesitando una disciplina de exclusión.
Pero reconstruir el taller tampoco bastará. Una vez desaparecidos los colores, los borradores y las decisiones de montaje, quedó un objeto verbal cuya regularidad puede observarse directamente en la página. La sintaxis, la puntuación, los artículos que abren las unidades, el encabalgamiento, la extensión de los versos, el léxico y determinadas decisiones tipográficas construyen un ritmo que no depende de una métrica tradicional y, sin embargo, está lejos de la arbitrariedad.
La forma es rígida. La lectura permanece abierta.
También será necesario regresar a Morata de Jalón. Aunque Uno efe siete atraviesa continentes, museos, libros, teorías científicas, guerras y territorios imaginados, fue escrito desde un lugar concreto: Casazul, la última casa del Camino del Baldío. Allí se reorganizaron materiales procedentes de décadas y geografías diferentes. El dato no convierte el libro en poesía rural, pero permite comprender que el mundo reunido en sus páginas posee un punto desde el que fue mirado.
Morata había estado presente mucho antes. La biografía pública de Juanjo de Tierra suele situar su nacimiento en Morata de Jalón, aunque nació en Esplugues de Llobregat en 1972 y creció en el barrio de Las Planas, en Sant Joan Despí, donde vivió hasta finalizar sus estudios de Ingeniería Industrial. En 1997 se trasladó a Zaragoza y solo muchos años después fijó su residencia en Morata.
La aparente contradicción resulta más significativa que una simple precisión administrativa. Morata no es el lugar donde comenzó su vida, sino el lugar que ha terminado ocupando el espacio del origen. Allí habían nacido sus padres; de allí procedían buena parte de los relatos familiares, las palabras, los objetos, los oficios y las formas de conocimiento que atravesaron su infancia catalana. Durante años el pueblo existió simultáneamente como lugar real, destino recurrente y territorio transmitido.
Presentarse como nacido en Morata puede entenderse, por tanto, menos como una afirmación geográfica que como una forma de adscripción. La biografía literaria desplaza el dato registral hacia una pertenencia elegida: no dice exactamente dónde nació el cuerpo, sino desde qué lugar ha terminado reconociéndose una parte de la identidad. El regreso posterior al pueblo no inaugura ese vínculo, sino que lo hace físicamente visible.
Esta distinción ayuda también a comprender la presencia de Morata en Uno efe siete. El territorio no entra en el poema como paisaje descubierto al regresar, sino como algo que ya había viajado antes con la familia: palabras escuchadas, historias heredadas, herramientas, maneras de nombrar y conocimientos aprendidos mucho antes de volver a vivir allí. Aunque su vida transcurrió durante décadas lejos de Morata, el pueblo había estado presente desde el principio; el regreso convirtió en residencia un lugar que ya formaba parte de su memoria familiar.
No son territorios que el texto trate de reconciliar después de haberlos considerado incompatibles. Pertenecían ya a una misma experiencia.
La experiencia tampoco conserva necesariamente sus materiales dentro de categorías estables. Una canción puede devolver una persona; una palabra, un lugar; una herramienta, una infancia; una ecuación puede convivir durante décadas con una escena familiar y una noticia puede despertar de pronto un viaje que parecía olvidado. Uno efe siete encuentra una forma capaz de reproducir algo de esa convivencia sin ordenar previamente el mundo como una biblioteca.
Al trasluz tendrá que separar provisionalmente algunas de esas zonas para poder observarlas, sabiendo que esa división pertenece al ensayo y no al poema.
El título de este estudio nace de dos versos del propio libro:
La silueta de este poema
que miraremos al trasluz.
Mirar algo al trasluz no consiste en destruirlo para conocer su interior. Basta cambiar la posición de la luz. Aparecen entonces estructuras, densidades y marcas que desde delante no podían percibirse, mientras otras zonas continúan opacas.
Ese será el propósito de estas páginas. Reconstruir decisiones, seguir algunas procedencias, observar relaciones y escuchar aquello que quedó fuera durante el proceso de concentración, pero procurando que la explicación no ocupe el lugar del poema.
Porque llega un momento en que saber más deja de significar ver mejor.
Al trasluz quiere acercarse a ese límite.